Infantino quiso vender el futbol
La propuesta de abrir la FIFA al capital privado desató una crisis de credibilidad y puso en duda la independencia del futbol mundial
Este miércoles 5 de agosto, Luis Figo, exjugador del Real Madrid y ganador del Balón de Oro, arremetió contra el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, y pidió abiertamente su renuncia.
La declaración representa un nuevo episodio en el enfrentamiento provocado por la propuesta de crear una estructura comercial que permitiría la entrada de inversión privada en algunos de los negocios y competiciones más importantes de la FIFA.
El proyecto pretendía transformar una parte importante de la organización en una especie de empresa abierta a inversionistas. Aunque la FIFA conservaría el control mayoritario, el capital privado podría participar económicamente en sus principales activos y obtener beneficios de competiciones que pertenecen, al menos emocionalmente, a millones de aficionados.
La propuesta desató una enorme controversia y terminó enfrentando el rechazo de varias confederaciones y federaciones internacionales. No solamente porque cambiaría la manera en la que funciona el negocio del futbol, sino porque también abriría la puerta a posibles conflictos de interés.
Cuando un inversionista coloca millones en una organización, no lo hace únicamente por amor al deporte. Lo hace esperando rentabilidad, influencia y resultados. Pensar que ese poder económico jamás podría intentar condicionar decisiones comerciales, deportivas o incluso arbitrales sería demasiado ingenuo.
No afirmo que cada inversionista pudiera elegir al campeón de un Mundial o decidir qué selección debe ganar un partido. El problema es que, desde el momento en que el capital privado adquiere influencia sobre la organización de las competencias, la sospecha también entra al terreno de juego.
Y en el futbol, la sospecha puede ser tan dañina como la corrupción misma.
Aunque el proyecto fue rechazado, el problema no terminó ahí. Infantino quedó expuesto ante federaciones, exjugadores, dirigentes y aficionados que comenzaron a cuestionar no solamente la propuesta, sino también la falta de transparencia con la que habría sido negociada.
Que una figura como Luis Figo salga públicamente a pedir la dimisión del presidente de la FIFA no es un asunto menor. Es el resultado de una propuesta arriesgada que dejó al dirigente suizo sin demasiados argumentos para defender su actuación.
El problema no está en cambiar las reglas ni en buscar nuevas formas de financiar el futbol. Las instituciones deben evolucionar y encontrar maneras de mejorar sus ingresos. El verdadero problema es que Infantino intentó convertir al Mundial, patrimonio emocional de millones de aficionados y de numerosos países, en un activo financiero controlado por unos cuantos.
Infantino no pretendía únicamente modernizar el futbol. Pretendía vender una parte de algo que nunca le perteneció.
Todos sabemos que el futbol es y siempre ha sido un negocio. Los derechos televisivos, los patrocinios, la venta de camisetas, los boletos y la publicidad generan cantidades enormes de dinero. Sería absurdo fingir que las grandes competiciones internacionales existen únicamente por amor al deporte.
Sin embargo, existe una diferencia entre comercializar un torneo y entregar parte de su control económico a fondos privados que observan el futbol principalmente desde la rentabilidad.
No es lo mismo vender los derechos de transmisión que permitir que quienes aportan capital tengan intereses directos en las decisiones de la organización. No es lo mismo aceptar patrocinadores que convertir el futuro del Mundial en una oportunidad de inversión.
Con esta propuesta, Infantino cruzó un límite que no podemos ignorar.
Lo de Infantino ya es insostenible, no solamente por sus decisiones, sino por la pérdida de respeto y credibilidad que enfrenta. Llegó a la presidencia de la FIFA prometiendo restaurar la confianza que se había perdido durante el mandato anterior. Hoy, una década después, la credibilidad es precisamente lo que más le hace falta.
Ha enfrentado críticas por decisiones unilaterales, por su cercanía con dirigentes políticos y por impulsar proyectos que afectan a federaciones, equipos, futbolistas y aficionados sin consultarlos verdaderamente.
Infantino todavía conserva el poder, pero cada vez parece más lejos de tener legitimidad.
Un dirigente no puede sostenerse solamente porque los estatutos le permiten continuar en el cargo. También necesita la confianza de quienes forman parte de la institución que representa. Cuando su criterio, su imparcialidad y sus verdaderas intenciones son cuestionados, comienza una crisis de la que resulta muy difícil regresar.
Cuando quienes deberían confiar en tu liderazgo empiezan a acusarte de falta de transparencia y de actuar en beneficio propio, el problema deja de ser una propuesta fallida. Se convierte en una crisis de legitimidad.
El futbol puede vender derechos, entradas, camisetas y publicidad. Lo que nunca debería vender es su independencia.
Porque cuando el dinero compra influencia, el resultado deja de ser lo único que se disputa dentro de la cancha. También se pone en juego la credibilidad de todo el deporte.