La Revista, el compromiso periodístico con la sociedad de una dinastía
Desde 1988, La Revista Peninsular forja el legado periodístico de la dinastía Menéndez en Yucatán con rigor editorial y compromiso social.
Hay apellidos que forman parte de la historia de una sociedad. Apellidos que trascienden generaciones, que se convierten en instituciones y que terminan por identificarse con una actividad, una profesión o una vocación de servicio. En Yucatán, hablar del apellido Menéndez es hablar, necesariamente, de una de las dinastías periodísticas más importantes que ha tenido nuestro país. Y dentro de esa formidable historia familiar ocupa un lugar especial La Revista Peninsular, una publicación que nació de la visión, el talento y la perseverancia de don Eduardo Menéndez Rodríguez y que, bajo la conducción de su hijo, mi querido amigo y hermano Rodrigo Menéndez Cámara, ha logrado consolidarse como un medio de referencia para comprender la vida política, económica, social y cultural de nuestra península. La historia de La Revista es, también, la historia de dos generaciones que han sabido entender que fundar un periódico o una revista constituye una enorme responsabilidad, pero conservarlo, fortalecerlo y proyectarlo durante décadas exige una vocación todavía mayor. Para comprender la dimensión de esta empresa editorial tenemos que remontarnos a sus raíces familiares. A don Carlos Ricardo Menéndez González, fundador del Diario de Yucatán en 1925, periodista, escritor e intelectual que edificó una de las instituciones periodísticas más influyentes del sureste mexicano. Su legado no terminó con su desaparición física. Continuó a través de sus descendientes, quienes encontraron en el periodismo no solamente una profesión, sino una forma de vida. Ahí encontramos a don Abel Menéndez Romero, quien sucedió a su padre en la dirección del Diario de Yucatán y se convirtió en una figura fundamental de su consolidación. Don Abel conocía el periódico desde sus entrañas: la redacción, los talleres, las máquinas, la corrección de pruebas, la administración y la conducción editorial. Era de aquellos periodistas que sabían hacer un periódico completo, desde cargar una bobina de papel hasta escribir el editorial que marcaría la posición de su casa periodística ante los acontecimientos del día. Y también está don Mario Renato Menéndez Rodríguez, otra de las grandes figuras de esta dinastía, creador de la revista Por Qué? en 1968 y fundador de los periódicos Por Esto! en 1991, quien llevó su ejercicio profesional mucho más allá de las fronteras peninsulares y dejó una profunda huella en el periodismo mexicano y latinoamericano. Cada uno, desde sus propias convicciones, sus proyectos y sus respectivas líneas editoriales, contribuyó a enriquecer la historia de la prensa regional y nacional. Porque las dinastías verdaderamente importantes no son aquellas en las que todos piensan igual, sino aquellas cuyos integrantes tienen la capacidad de construir, desde sus diferencias, instituciones que sobreviven a sus propios fundadores. Y en ese árbol genealógico del periodismo mexicano aparece don Eduardo Menéndez Rodríguez. El 30 de septiembre de 1988 apareció el primer número de La Revista Peninsular, en un Yucatán que todavía resentía los estragos del huracán Gilberto, uno de los fenómenos naturales más devastadores de su historia. Aquella publicación nació con enormes limitaciones materiales, pero con una ambición periodística que terminaría por imponerse a las dificultades. El proyecto comenzó a organizarse en una casa. Pedro Pacheco Herrera fue contratado como jefe de Redacción y las primeras instalaciones eran prácticamente una bodega con muebles prestados. No había grandes recursos. Había voluntad, talento y una enorme decisión de salir adelante. La primera edición incluyó información política, deportes y cultura. La primera entrevista fue al gobernador de Yucatán. Y así comenzó una historia que terminaría por convertirse en parte de la memoria periodística de la región. Don Eduardo no necesitó una gran estructura para comenzar. Necesitó aquello que distingue a los verdaderos empresarios del periodismo: visión, carácter y una convicción profunda en el valor de la palabra escrita. Durante los años siguientes, La Revista Peninsular fue construyendo una identidad propia. Sus páginas se convirtieron en espacio de encuentro para periodistas, políticos, empresarios, intelectuales y representantes de diversos sectores sociales. La publicación encontró su lugar en una región donde Yucatán, Campeche y Quintana Roo comparten historia, cultura, economía y una vida política que no puede comprenderse de manera aislada. Ese carácter peninsular terminó por convertirse en una de sus grandes fortalezas. Don Eduardo falleció cuando la publicación había llegado al número 536. Su muerte ocurrió de manera repentina en su propia oficina, cuando se preparaba para realizar un viaje de trabajo a Campeche. Murió trabajando, entregado a la empresa periodística que había construido, pero había dejado algo más importante que una revista: había formado a quien tendría la responsabilidad de continuarla. Heredar una empresa periodística puede representar una oportunidad, pero también una enorme carga. El apellido abre puertas, ciertamente. Sin embargo, no garantiza el talento, la disciplina ni la capacidad para conservar durante décadas una organización cuya materia prima es la información y cuya verdadera fortaleza es la confianza de sus lectores. Rodrigo Menéndez Cámara comprendió esa responsabilidad. No se limitó a conservar la obra de su padre. Le imprimió una personalidad propia, amplió sus horizontes y la condujo a través de algunas de las transformaciones más profundas que ha experimentado el periodismo contemporáneo. Le correspondió enfrentar la transición de las publicaciones impresas a las plataformas digitales, el surgimiento de las redes sociales, la transformación de los modelos comerciales y una competencia informativa que modificó radicalmente las reglas del oficio. Y La Revista continuó. Su evolución no consistió únicamente en trasladar sus contenidos del papel a una pantalla. La publicación amplió su presencia informativa, diversificó sus espacios de opinión y mantuvo la cobertura de los acontecimientos políticos, económicos y sociales de los tres estados peninsulares. A sus páginas se incorporaron distintas voces del periodismo nacional, ampliando la pluralidad de enfoques y ofreciendo a los lectores perspectivas que trascienden los asuntos estrictamente locales. La presencia de colaboradores como Eduardo Ruiz-Healy, Pascal Beltrán del Río, Leo Zuckermann y otros analistas nacionales ilustra esa búsqueda de una publicación con identidad regional y perspectiva nacional. La Revista también extendió su actividad hacia otros formatos de comunicación, incluido el trabajo radiofónico desarrollado desde sus propias instalaciones con Cadena RASA. Es una muestra de cómo una empresa originalmente impresa fue construyendo nuevos espacios para relacionarse con su audiencia. Hoy cuenta con presencia digital y canales en Facebook, Instagram, X y YouTube, además de conservar su edición y su estructura periodística. Pero hay algo todavía más importante. Rodrigo ha sabido conservar el sentido peninsular de una publicación que nunca ha limitado sus intereses a las fronteras de Yucatán. Campeche ha tenido presencia en sus páginas. Quintana Roo también. Los acontecimientos económicos, sociales y políticos de nuestra región han encontrado espacio en una empresa que entiende a la península como un territorio de profundas relaciones históricas y humanas. Ese es uno de los méritos que personalmente más aprecio de su director. Porque quienes hemos dedicado nuestra vida al periodismo sabemos que hacer una publicación es difícil, pero lograr que permanezca vigente durante décadas exige una combinación extraordinaria de capacidad empresarial, carácter y conocimiento del oficio. Rodrigo ha demostrado poseer esas cualidades. La historia de esta familia no se detiene en Rodrigo. La presencia de Rodrigo Menéndez Gaber como asistente de Dirección y de Eduardo Menéndez Gaber en la jefatura de Información representa la incorporación de otra generación a esta empresa editorial. Es la continuidad de una tradición que viene desde aquellos tiempos en que don Carlos R. Menéndez construía periódicos con máquinas de impresión, plomo, papel y tinta. Hoy las herramientas son otras, pero la responsabilidad esencial permanece: informar, investigar, analizar y ofrecer a los lectores elementos para comprender la realidad. Es una historia familiar que merece ser estudiada porque pocas actividades profesionales permiten observar, con tanta claridad, la transmisión de una vocación a través de tantas generaciones. Una dinastía que ha producido periódicos, revistas, periodistas, escritores, empresarios y comunicadores que han participado en la construcción de la vida pública de Yucatán y de México. Hay algo que no puedo dejar de expresar y que me compromete profundamente con La Revista Peninsular. Desde hace muchos años, sus páginas han cobijado mis artículos, mis columnas y mis reflexiones. Y tengo que reconocer públicamente el extraordinario respeto que Rodrigo Menéndez Cámara y todo su equipo editorial han tenido siempre por mi trabajo, respetando hasta la última coma de cada una de mis publicaciones. Quienes hemos mamado el periodismo, quienes lo aprendimos empíricamente, al lado de los grandes periodistas de Campeche, Yucatán y de nuestro país, sabemos perfectamente que una columna de opinión, un artículo de fondo, es como un hijo. Lo concebimos, lo construimos, lo corregimos, lo sufrimos y finalmente lo entregamos a nuestros lectores. Y cuando alguien nos toca a ese hijo, cuando nos modifica una palabra o nos altera una idea, naturalmente nos duele, nos molesta y hasta enloquecemos. Porque ahí va mucho más que nuestra firma: va nuestra conciencia, nuestra formación y nuestra manera de entender la vida. Por eso he guardado siempre una enorme gratitud hacia los editores, directores y jefes de Redacción que a lo largo de mi vida profesional han sido generosos y nobles conmigo, que han sabido acompañar mi trabajo sin despojarlo de su esencia. Y en ese reconocimiento ocupa un lugar muy especial Rodrigo Menéndez Cámara, a quien conozco desde hace muchísimos años, cuya trayectoria he seguido y cuya amistad me honra. Me siento profundamente orgulloso de pertenecer a esta familia periodística, de haber encontrado durante tantos años un espacio para mis ideas y, sobre todo, de saber que detrás de cada publicación hay un equipo que comprende y respeta el valor de la palabra ajena. Ese respeto, que pudiera parecer un detalle menor para quienes desconocen nuestro oficio, constituye para mí una de las mayores expresiones de generosidad y grandeza que puede tener una casa editorial. Por eso mi felicitación a Rodrigo no es solamente la de un periodista a otro periodista. Es también la de un hombre agradecido con una familia que lo ha cobijado, que ha respetado su trabajo y que le ha permitido sentirse parte de una historia de la que se honra profundamente en participar. Hoy quiero dejar por un momento a un lado la distancia que habitualmente nos imponemos quienes ejercemos el periodismo y hablar desde el afecto, la admiración y el respeto que le tengo a un hombre al que considero mi amigo y mi hermano: Rodrigo Menéndez Cámara. Quienes hemos pasado buena parte de nuestra existencia entre redacciones, micrófonos, entrevistas, cierres de edición y jornadas interminables sabemos reconocer el esfuerzo que hay detrás de una empresa periodística que permanece. No basta con tener un gran apellido, no basta con recibir una empresa consolidada, no basta con haber tenido un padre extraordinario. Hay que demostrar, todos los días, que se tiene la capacidad de honrar esa herencia. Y Rodrigo lo ha hecho. Lo ha hecho conservando una publicación nacida de la voluntad de don Eduardo Menéndez Rodríguez, fortaleciéndola y proyectándola hacia nuevas generaciones de lectores. Lo ha hecho conservando la identidad peninsular de una empresa que tiene sus raíces en Mérida, pero cuya mirada comprende también a Campeche y Quintana Roo. Y lo ha hecho entendiendo que el periodismo es, al mismo tiempo, una responsabilidad social, una pasión intelectual y una actividad empresarial que necesita disciplina para sobrevivir. Mi querido Rodrigo, hoy quiero felicitarte, abrazarte fraternalmente y expresarte públicamente el enorme reconocimiento que te tengo. A ti, a tu familia y a todos los hombres y mujeres que han contribuido a construir esta historia. A la memoria de tu padre, don Eduardo, que tuvo la visión de fundar La Revista Peninsular. A la gran dinastía de los Menéndez, cuyo apellido ocupa un lugar de privilegio en la historia del periodismo de nuestro país. Y particularmente a ti, que has sabido demostrar que las grandes herencias no solamente se reciben: se honran, se trabajan y se multiplican. Porque don Eduardo fundó La Revista Peninsular, pero Rodrigo Menéndez Cámara ha sabido convertir aquella herencia en una obra de su propia vida. Y esa es, precisamente, la diferencia entre recibir una historia y convertirse en protagonista de ella. ¡Felicidades, querido amigo y hermano! Que vengan muchos años más de periodismo, de éxitos y de vida.