Trinchera de ideas frente al neofascismo
Carlos E. Bojórquez Urzaiz
Entre los políticos puristas existen aquellos que suelen envolverse en banderas incuestionables, y desde esa posición juzgan la realidad mediante la comodidad del dogma, ocasionando una especie de estrabismo que Lenin supo diagnosticar con ironía, como el “infantilismo de la izquierda”. Sin duda, el sectarismo de los puros deviene enfermedad del espíritu político que prefiere la derrota antes que la imperfección viva y diversa de la transformación popular. Frente a esa soberbia teórica, la política exige aterrizar en una condición humana más sencilla, más revolucionaria relacionada con la ética.
Decía Andrés Manuel López Obrador, con sabiduría llana, que ser de izquierda es en esencia ser una persona decente. La frase, lejos de ser una simple consigna moral, encierra un principio de navegación indispensable en los tiempos que corren. El decoro es la capacidad de conmoverse ante la injusticia, el rechazo instintivo al despojo y la negativa tajante a mirar hacia otro lado cuando el de al lado sufre. No requiere de manuales bizantinos ni de jergas incomprensibles, habita precisamente en el sentido común de la gente común.
Por eso cobra sentido la convicción de que el pueblo es bueno. La bondad popular no es una ingenuidad romántica, sino una constatación histórica.
Si en nuestras comunidades se asoman a veces la amargura, el egoísmo o la violencia, no es porque la dignidad del pueblo esté lesionada de origen, sino porque el entorno neoliberal—ese engranaje despiadado de competencia insolidaria y privilegio desmedido-intentó durante décadas convertir la supervivencia en una guerra de todos contra todos. El modelo neoliberal no solo saqueó bienes materiales; aspiraba a ser corruptor del alma colectiva, buscando instalar la indecencia como única norma de progreso social.
Hoy, la sombra de esa derecha desplazada busca rearticularse. Bajo ropajes agresivos y discursos que bordean o abrazan abiertamente el neofascismo, los emisarios del pasado pretenden retrotraer a México al reino obsceno de unos cuantos, a la era donde el presupuesto y las decisiones públicas eran coto privado de una minoría e insensible. Frente a esa amenaza real, la fragmentación es un lujo suicida. Y es que mientras las facciones progresistas se enfrascan en disputas adjetivas, la reacción afila sus garras, y cometen la misma torpeza que Lenin señalaba: anteponer el purismo individual a la causa colectiva.Defender la transformación de México- y en Yucatán desde luego-exige una premisa clave: andar como uno solo, pero preñados por la diversidad.
La unidad política no puede ser homogeneidad asfixiante ni obediencia ciega, sino una orquesta de voces distintas que coinciden en la misma nota fundamental: la justicia social. Caben en esta caminata los matices, las raíces diversas, las distintas luchas y perspectivas, siempre que el rumbo sea compartido y el horizonte no se negocie. La diversidad no resta; alimenta el vientre de la historia y fortalece el tejido de la causa.