Opiniones

Una escuela sin celulares, pero con los mismos problemas

Para marzo de 2026, la UNESCO informó que ya se contabilizaban 114 sistemas educativos en el mundo con prohibiciones nacionales al uso del celular dentro de las escuelas.

Por Rodrigo Menéndez Gaber · 21/7/2026 14:24
Una escuela sin celulares, pero con los mismos problemas

Para marzo de 2026, la UNESCO informó que ya se contabilizaban 114 sistemas educativos en el mundo con prohibiciones nacionales al uso del celular dentro de las escuelas. Esto refleja una tendencia mundial que busca alejar las pantallas de las aulas para priorizar el aprendizaje. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿es esta la verdadera solución a los problemas educativos?

La medida, por sí misma, no es equivocada. La realidad es que un estudiante de primaria o secundaria con un celular en la mano difícilmente podrá prestar atención completa a una clase. Las redes sociales, los videos, los juegos y las notificaciones se han convertido en una competencia constante para los maestros.

Por ello, aunque en México todavía no existe una prohibición federal uniforme, diferentes congresos estatales han comenzado a aprobar restricciones. La propia Secretaría de Educación Pública inició este año un debate nacional sobre los dispositivos digitales y su impacto en el aprendizaje y la salud mental de niñas, niños y adolescentes.

Además, las consecuencias no se limitan a la falta de atención. El uso descontrolado del celular puede provocar que los estudiantes convivan menos con sus compañeros, graben a otras personas sin autorización, copien durante los exámenes, compartan contenido inapropiado o trasladen el acoso escolar a las redes sociales.

Por estas razones, limitar su uso durante las clases resulta razonable. Sin embargo, tampoco debemos ignorar que el dispositivo puede tener beneficios cuando se utiliza correctamente: permite consultar información bajo supervisión, acceder a diccionarios y aplicaciones educativas, producir contenidos o comunicarse en una emergencia.

El verdadero objetivo, por lo tanto, no debería ser desaparecer el celular de la vida de los estudiantes, sino establecer reglas claras. El teléfono tendría que permanecer guardado durante la clase y utilizarse solamente cuando el docente lo autorice con una finalidad educativa.

Hasta ahí, la medida parece correcta. El problema comienza cuando las autoridades presentan la prohibición como si se tratara de una gran transformación educativa, mientras dejan intactas deficiencias mucho más profundas.

Una escuela sin celulares no es necesariamente una buena escuela.

Aunque todos los estudiantes dejaran sus teléfonos en casa, seguirían existiendo planteles en malas condiciones, grupos saturados, violencia y acoso escolar, poca atención a la salud mental, desigualdad entre los alumnos y maestros que trabajan sin suficiente capacitación, herramientas o respaldo de sus superiores.

También existe un problema de autoridad. Mi papá suele contarme cómo eran las escuelas anteriormente. No significa que todo estuviera bien ni que debamos regresar a modelos basados en el miedo o los castigos excesivos. Sin embargo, actualmente hemos llegado al extremo contrario: muchos maestros sienten que no pueden corregir a un estudiante sin enfrentarse inmediatamente con sus padres o con la propia dirección escolar.

La participación de las familias es necesaria, pero defender a un hijo no debería significar justificar automáticamente todas sus acciones. Cuando cada llamada de atención se interpreta como una agresión, el estudiante deja de comprender que sus decisiones tienen consecuencias y que dentro de la escuela existen autoridades a las que debe respetar.

Al mismo tiempo, tampoco sería justo responsabilizar únicamente a los alumnos o a sus familias. Existen docentes agotados, desmotivados o sobrecargados por un sistema que les exige enseñar, mantener el orden, resolver conflictos, atender problemas emocionales, responder a los padres y cumplir con una enorme cantidad de labores administrativas.

Por supuesto, también hay maestros que han perdido el interés en enseñar. Una clase impartida sin preparación ni entusiasmo difícilmente logrará despertar la curiosidad de los estudiantes. Pero reducirlo todo a una supuesta falta de vocación sería ignorar las condiciones que también han debilitado su trabajo.

De esta manera se forma un círculo peligroso: el maestro que no cuenta con respaldo pierde autoridad y motivación; el alumno percibe ese desinterés y deja de prestar atención; después, algunos de esos estudiantes llegan a convertirse en profesores que ingresan al sistema sin verdadera vocación o porque no encontraron otra alternativa.

Prohibir el celular puede ayudar a recuperar parte de la atención dentro del salón, pero no reconstruirá por sí solo la relación entre maestros, estudiantes, familias y autoridades. Tampoco reparará una escuela, reducirá el número de alumnos por grupo ni dará acompañamiento emocional a quien lo necesita.

Retirar un teléfono toma unos segundos. Transformar un sistema educativo requiere años, inversión, preparación y voluntad.

Empecemos por respaldar al maestro, devolverle autoridad dentro del aula y proporcionarle las condiciones necesarias para ejercer su profesión. Después podremos exigir mejores resultados a los estudiantes. No se puede transformar la educación comenzando únicamente por el último eslabón y olvidando a quienes sostienen diariamente el salón de clases.

Está bien guardar el celular. Pero, una vez apagada la pantalla, tendremos que mirar alrededor y reconocer que nunca fue el único problema.

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