Algo más que palabras, por: Victor Corcoba Herrero.
Tenemos que ser más sensibles al dolor de nuestros análogos, máxime en
un momento en el que proliferan tantas víctimas sin voz, en un mundo cada día
más crecido por las falsedades y el endiosamiento de los poderosos. Se me
ocurre pensar en esos niños concebidos por violación en tiempo de conflictos.
Creo que debiéramos fomentar mucho más la solidaridad con estas gentes que han
sobrevivido a la violencia social. En demasiadas ocasiones, estos chavales quedan
en un limbo legal, como apátridas, convirtiéndolos en objetivos fáciles para el
reclutamiento por parte de grupos armados, la radicalización, la trata y la
explotación. De igual modo, también podríamos reflexionar sobre el maltrato
psicológico y la explotación financiera que sufre el 10 % del colectivo de la tercera edad en el mundo.
O, igualmente, sobre esos millones de migrantes que son víctimas del comercio
de las redes de tráfico. Sea como fuere, todo este cúmulo de actividades
delictivas, no han de quedar impunes. Es una verdadera inhumanidad, que atañe a
cada país e incluso a los más desarrollados, que este tipo de arbitrariedades se
sigan produciendo. Desde luego, hay que impedir con urgencia que los criminales
y corruptos se sustraigan a la justicia y tengan la última palabra sobre la
ciudadanía.
Nos merecemos
otros cuidados y otros líderes. Para el liderazgo solo hay un camino: el
servicio. No el servirse, sino estar al servicio, con una entrega generosa a la
gente. Por cierto, ya en su época, el filósofo y economista alemán Karl Marx
(1818-1883), solía decir que “el obrero tiene más necesidad de respeto que de
pan”. En vista de estas tremendas realidades que nos circundan, en las que
suele prevalecer la lógica del egoísmo y de la violencia, hay que tutelar mejor
los derechos humanos, pues cada vez que los abandonamos, corremos el riesgo de
destruirnos a nosotros mismos. En consecuencia, nos concierne a todos nosotros
establecer mecanismos de cumplimiento. Sabemos que la equidad, la justicia y la
libertad, evitan que se acreciente la cosecha de sembradores del terror, pues
apliquémonos en la observancia de sus acciones. De igual manera, hay que proteger
a aquellos ciudadanos que se encuentran en un estado de sumisión asfixiante, es
el caso de ciertos organismos financieros, que lejos de promover avances en su
población, los empobrecen, haciéndolos totalmente dependientes de sus sistemas
crediticios. Dicho lo cual, cabe recordar que la limitación del poder es una
idea implícita en el concepto del derecho, lo que significa que nadie puede
considerarse dominador de nadie, autorizado a pasar por encima de la dignidad
de la persona. Recapacitemos, entonces, sobre la Declaración Universal de los
Derechos humanos. Algo que nos fortalece a todos. Los principios que recoge son
tan relevantes en el momento actual como lo fueron en 1948.
Por eso, hemos de
luchar por nuestros propios derechos y por los del prójimo, advirtiendo que sí
las guerras son siempre una derrota contra nuestro propio espíritu humano, la
acción de tantos intereses crueles nos acaban llevando a la tumba a toda la
humanidad. Para desgracia nuestra, algunos que ostentan el mando se han encumbrado
tanto en la soberbia, que son incapaces de comprender al semejante. Ahora bien,
suelen ser expertos en manipularlo todo, hasta el punto de hacer que el sacrificado
parezca un malhechor y, el malhechor, el sacrificado. Es tal la magnitud de
estas situaciones y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de
estar en permanente vigilancia, tanto de las instituciones como de los
individuos. Además, los gobernantes han de hacer todo lo posible por
desarrollar políticas de servicio verdaderamente equitativas para que, en lugar
de enfrentarnos, nos insten a un ambiente en el que prevalezcan los vínculos de
la concordia, en vez de que aumenten el número de explotados, excluidos, y
reventados, ante tantas esclavitudes que no cesan. Nos hace falta, por tanto,
activarse en conjunto con decisiones pactadas, críticas y globales, para que
cuando menos no haya más corazones inocentes martirizados, a los que se les niegue la
palabra, ni tampoco se les escuche desde los podios del imperio.


