Un corazón que se deja querer, sabe amar sin condiciones, porque es amor por sí mismo, espíritu de vida, soplo de Cristo.
Vuelva el camino del verso, a blanquear nuestras miradas, retorne a nosotros por siempre, el espíritu armónico del pulso.
Hagamos silencio, a la hora de desear al Señor sobre todo lo demás, pegándonos a Él, como si fuésemos a perderlo.
La voz de su timbre es luz, que resuena en el silencio y nos resucita cada aurora, rogándonos vivir sin vegetar.
Dejémonos cohabitar en el verbo, sin otro verso que la Cruz, pues la Cruz es la que nos abraza, y también la que nos redime.
El Creador con su cercanía, transforma nuestro modo de ser, lo hace a la manera del sol, que todo lo ilumina y aclara.
Cuánto más vivos, más humanos, cuánto más mansos, más de Dios, cuánto más justos, más hermanos; y, al fin seremos, lo que sembramos.
Sembremos abecedarios de paz, propaguemos la lógica del don, la gracia de sentirnos caminantes, a merced de la mística de los poetas.


