Por Víctor José López Martínez
Hubo un tiempo en que ir de Mérida a La Habana era más natural que viajar a la Ciudad de México.
No era una exageración geográfica, sino una realidad histórica. Durante el siglo XIX y principios del XX, el Golfo no era un límite político: era una ruta viva. Vapores que salían de Progreso llegaban a Cuba con regularidad, llevando henequén, mercancías, cartas, pero sobre todo personas. Familias yucatecas establecieron negocios en La Habana; familias cubanas encontraron en la península un espacio de intercambio y cercanía. No se cruzaba hacia “otro país”: se transitaba dentro de una misma región cultural.
Esa relación tuvo momentos de intensidad difícil de imaginar hoy.
En los archivos comerciales del henequén —la fibra que sostuvo la economía yucateca durante décadas— aparecen nombres de casas comerciales cubanas que no eran intermediarias lejanas, sino actores directos del entramado económico peninsular. La Habana no era sólo mercado: era socio, puente, interlocutor.
Pero reducir esa relación al comercio sería no entender nada.
Porque lo que realmente circulaba entre Yucatán y Cuba era una forma de vida compartida. Una manera de conversar, de organizar la vida social, de pensar la educación, de entender la desigualdad. En ambos espacios se desarrolló una sensibilidad particularmente aguda hacia lo colectivo, hacia la necesidad de que el progreso no fuera únicamente acumulación, sino también equilibrio.
Había —y hay— una afinidad más profunda.
Una que se reconoce en los ritmos, en el lenguaje, en esa mezcla de orgullo y melancolía que caracteriza tanto a la isla como a la península. Una afinidad que no se decreta: se construye durante generaciones.
Por eso resulta imposible entender la historia de Yucatán sin Cuba.
Y también —aunque se diga menos— es difícil entender ciertos procesos cubanos sin ese diálogo constante con la península.
Ese mundo, sin embargo, se fue cerrando.
Las fronteras se endurecieron, los flujos se redujeron, y lo que había sido una relación cotidiana comenzó a percibirse como algo distante, casi excepcional. Con el tiempo, la memoria de esa cercanía se volvió difusa, relegada a historias familiares o a referencias dispersas.
Pero la historia no desaparece.
Permanece, incluso cuando deja de nombrarse.
Hoy, Cuba atraviesa una de las etapas más complejas de su historia reciente. Las condiciones materiales de vida se han deteriorado de manera evidente, y con ellas, la capacidad cotidiana de millones de personas para sostener lo básico.
Frente a eso, la reacción más común ha sido la distancia: observar, opinar, juzgar.
Pero hay otra posibilidad.
Recordar.
Recordar que hubo un tiempo en que la relación entre Yucatán y Cuba no se medía en términos de conveniencia, sino de cercanía. Que existió un entramado de intercambios donde ambos pueblos se reconocían mutuamente como parte de un mismo espacio humano.
Y si eso fue cierto —y lo fue—, entonces la pregunta no es si conviene o no mirar hacia Cuba.
La pregunta es qué hacemos con esa historia.
Porque toda historia compartida implica una forma de responsabilidad.
No jurídica. No política en el sentido estrecho.
Pero sí moral.
No se trata de idealizar ni de simplificar la realidad cubana.
Se trata de reconocer que hay momentos en los que la indiferencia resulta incompatible con la memoria.
Yucatán, por su historia, está en una posición singular para entender esto.
No desde el discurso, sino desde la experiencia.
Desde la memoria de haber sido parte de una red más amplia, donde la cercanía no requería explicación.
En ese sentido, la solidaridad no aparece como un gesto extraordinario.
Aparece como una forma de coherencia.
No una coherencia ideológica, sino histórica. En ese marco, la relación con Cuba no es un episodio marginal, sino uno de los hilos que han contribuido a tejer la identidad peninsular. Un hilo que, aunque menos visible hoy, no ha dejado de estar presente.
Entonces, quizá lo verdaderamente extraño no sea tender la mano, sino haber olvidado que alguna vez lo hicimos con naturalidad. Porque de lo que hablamos no es meramente de la relación con Cuba, si no, de la relación con nuestra propia historia.
Y en esa historia hay algo que persiste:
la idea de que los pueblos que han compartido tanto no pueden volverse completamente ajenos.
Creo que, en la dos orillas del Golfo hay una misma memoria y lo que ocurre en una, de alguna manera, resuena en la otra. Ignorar esa resonancia no es neutralidad: es traición.
El mar sigue ahí.
Más corto de lo que parece. Y también —aunque a veces se nos olvide— más cercano.


