Tomas Zapata Bosch
Hay algo que nos debería preocupar más que cualquier cifra, más que cualquier dato, más que cualquier declaración… y es la manera en la que reaccionamos como sociedad cada vez que algo se mueve, cada vez que algo funciona, cada vez que algo —aunque sea pequeño— genera vida. Lo de Chuiná es un buen ejemplo: En un video la Secretaria de turismo de Campeche da cifras de una derrama economica importante en la feria de Chuina, -un pequeño poblado de Campeche-, cuya fiesta patronal es un referente obligado para pobladores de todo el Sureste de Mexico. En ese video la Secretaria de turismo de ese estado, da cifras que, en lugar de causar satisfaccion y orgullo, son utilizadas por los enemigos politicos del regimen, que inciden sobre una oponion publica Campechana a la que nos encanta el relajo y se convierte en motivo de descalificacion y burlas.
Hay cosas que, más allá de los números, terminan exhibiéndonos como sociedad. Y lo de Chuiná no es un tema de si fueron unos cuantos, 25, 150, 80 mil, 100 mil o más personas; el punto de fondo es otro, mucho más profundo, mucho más incómodo: la manera en la que reaccionamos cada vez que algo se mueve en Campeche.
Porque mientras allá, en el terreno, hay gente organizando, convocando, generando actividad, haciendo que llegue gente y que circule el dinero, acá —desde la comodidad del teléfono— hay quienes prefieren reírse, minimizar, desacreditar. Se habla de derrama económica y la respuesta no es analizar, no es preguntar, no es entender… es burlarse. Se menciona que hubo una gran asistencia y en lugar de interesarnos en qué funcionó, en cómo se logró, en cómo se puede repetir, lo que hacemos es ironizar, hacer chistes, “funar” (un termino que no me gusta mucho, pero que lo usan en demasia los chavales)
Entonces uno entiende que el problema nunca han sido los datos. El problema es la mentalidad. Ahhhh y aborrecemos que nos lo digan y lo primero que hacemos es descalificar a quien tiene el valor de dar la cara y sacar la casta por este Campeche que, todos decimos querer, pero que en la realidad, nadie hace absolutamente nada por el.
Porque en cualquier lugar con aspiraciones reales de crecimiento, un evento que logra convocar a miles de personas en una comunidad que normalmente no figura en los grandes circuitos sería motivo de estudio serio. Se sentarían a ver qué se hizo bien, qué se puede mejorar, cómo se escala, cómo se convierte en estrategia. Aquí no. Aquí se convierte en tema de burla.
Y eso no es nuevo. Ya lo decía Gustavo Martínez Alomía en su obra Causas de la decadencia del estado de Campeche desde 1909, esa tendencia a desgastarnos entre nosotros mismos, a perdernos en la grilla, a impedirnos avanzar por estar más ocupados en el pleito que en el trabajo. Han pasado más de cien años y, viéndonos hoy, pareciera que no hemos aprendido absolutamente nada. Porque no se trata de aplaudir todo, tampoco se trata de tragarse cualquier cifra sin cuestionar. Se trata de tener la madurez para entender cuándo algo representa una oportunidad. Y Chuiná, más allá de cualquier exageración o ajuste en los números, deja algo claro: cuando hay organización y hay convocatoria, la gente responde. Hay movimiento, hay consumo, hay vida.
Pero eso implicaría reconocer que sí se pueden hacer cosas, que sí hay posibilidades, que sí hay caminos. Y quizá eso incomoda más que cualquier cifra. Por eso es más fácil burlarse. Por eso es más cómodo destruir. Porque construir obliga a pensar, a proponer, a comprometerse y mientras sigamos en esta lógica, cualquier intento —por bueno o por perfectible que sea— va a terminar en el mismo lugar: en el descrédito inmediato, en la descalificación automática, en el aplauso fácil del meme.
El problema no es Chuiná, ni la feria, ni la secretaria, ni el comité organizador. Es mas, no son ni quienes inciden en una mermada opinion publica que solo ha aprendido a responder ludicamente. El problema es que no hemos superado esa vieja costumbre de no creer en lo nuestro, de no respaldar lo que puede funcionar, de no darnos el beneficio de la duda ni siquiera entre nosotros. Así es muy difícil avanzar. Porque al final del día, más que la falta de recursos o de proyectos, lo que termina pesando es esa actitud de permanente sospecha y destrucción. Y mientras eso no cambie, podemos tener mil ferias, mil eventos, mil esfuerzos… que todos van a chocar con lo mismo. Con nosotros mismos. Mucha culpa tienen los políticos, es cierto, pero también somos parte de ello. ¿De que nos quejamos?


