La Revista

Malinchismo

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Daniela Torre Medina

Nacimos en una grieta

y decidimos llamarla identidad.

No somos una cosa.

somos capas.

somos lengua partida,

sangre traducida,

historia que nunca se cerró bien.

Aquí,

donde lo indígena fue enterrado bajo iglesias

y lo europeo y norteamericano se volvió aspiración,

aprendimos algo sin que nadie lo dijera:

que lo nuestro no bastaba.

Y crecimos así,

mirando hacia arriba,

pero nunca hacia adentro.

Nos enseñaron a pronunciar mejor el inglés

que el nombre de nuestros abuelos.

a confiar más en una marca extranjera

que en las manos que tejen aquí mismo.

a desear ciudades que no nos conocen

y a dudar de las nuestras

como si nos hubieran fallado.

Pero no fueron las ciudades.

fuimos nosotros

aprendiendo a no reconocernos.

Porque México no es un origen,

es una tensión.

un intento constante de ser algo más

porque ser esto

nunca nos pareció suficiente.

Somos la mezcla

de lo que conquistó

y de lo que resistió.

de lo que impuso orden

y de lo que aprendió a sobrevivir dentro de él.

Y aún así,

elegimos lo de fuera.Como si lo extranjero viniera limpio.

como si no cargara también su violencia,

su historia,

su forma de borrar a otros.

Pero lo preferimos.

lo elevamos.

lo consumimos como si nos fuera a completar.

Y en ese acto

nos vaciamos.

Porque despreciar lo propio

no es una opinión,

es una fractura.

es vivir creyendo

que lo valioso siempre está en otro lado.

es hablar de nosotros

como si fuéramos menos.

es olvidar

que lo que somos

no es un error,

es un proceso.

México no está incompleto.

está incómodo.

y nosotros,

en lugar de habitar esa incomodidad,

la negamos.

queremos ser otra cosa,

otro idioma,

otro cuerpo,

otra historia.

pero no hay salida limpia.

porque aunque miremos al norte

aunque imitemos sus formas

aunque vistamos su estética

y pensemos en su lógica,

seguimos siendo esto:

una identidad que no termina de aceptarse,

un país que no deja de cuestionarse,

una mezcla que no se perdona existir.y tal vez ahí está el quiebre.

no en lo que nos hicieron,

ni en lo que heredamos,

sino en esta decisión constante

de no elegirnos.

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