En toda España sabemos diariamente de los números de contagiados; de los enfermos ingresados en las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) y, lamentablemente, del cotidiano número de fallecidos que ha llegado a cifras de varios centenares por día.
Como si fuera poco, del total *de los 15,000 decesos sucedidos hasta el día de hoy, la mayoría han sido “personas mayores”; de la llamada “Tercera Edad” , sean madres o abuelas, padres o abuelos.*
No hemos visto sus ataúdes. No hemos visto a sus familiares sepultando y llorando a esos abuelas y abuelos de España. Entre el confinamiento de millones de ciudadanos y la reserva que hemos visto en los telediarios, la partida de esos miles de “yayas” y “yayos” de España se produce de manera silenciosa. Yo no quiero guardar silencio. Me explico.
*No podemos ser indolentes al enterarnos de que muchas de esas personas mayores han fallecido sin poder contar con el cobijo, el cariño, tanto de sus hijos y nietos, sino que murieron en la soledad propia de una hospitalización con aislamiento.*
La otra cara de esa moneda de dolor lo vemos cuando, igualmente, *miles de ciudadanos de España no han podido despedirse de su padre o de su madre; de su abuelo o de su abuela, de la tía o el tío, debido a las restricciones hospitalarias para evitar contagios. Es un dolor por partida doble*.
Puedo entender que la sociedad busca llevar el confinamiento con el mejor ánimo e incluso con una buena dosis de buen humor, que mucho ayuda para mantener una buena salud emocional. Al margen de ello, creo que *esos hombres y mujeres mayores merecen nuestro homenaje*.
*Ellas y ellos dieron, a lo largo de su vida, lo mejor de sí mismos. Trabajaron al Sol; labraron la tierra; laboraron en fábricas, oficinas y comercios. Ejercieron innumerables profesiones u oficios. Enseñaron en las escuelas y universidades. Fueron ciudadanos de España que aportaron su parte para el crecimiento de esta sociedad. Cuidaron a sus hijos; los educaron y formaron lo mejor que pudieron. Los vieron crecer. Tocó el momento de la llegada de los nietos (el llamado “postre” de la vida) y ahora, en plena vejez y fragilidad física, partieron de esta vida en una inmerecida, repito, INMERECIDA lejanía familiar*.
A ellos, la sociedad española les debe un gran homenaje. *No merecen quedar simplemente como un número estadístico de esta pandemia. Fueron extraordinarios seres humanos, que nunca imaginaron que así sería el fin de sus vidas.*
Para ellos, *para esos padres y madres; esos abuelos y abuelas*, nada más adecuado en estas circunstancias que decirles *GRACIAS POR TODO Y GRACIAS POR TANTO.*
graue.cap@gmail.com


