LA PELOTA ES REDONDA
Luis Felipe Alvarez
18 de junio de 2026
La serenidad es una virtud altamente apreciada en la sociedad actual. Permite pensar con claridad y evita reacciones impulsivas o destructivas. Los grandes lideres suelen poseer esta cualidad, que les permite influir positivamente en quienes los rodean.
La ira, por el contrario, suele asociarse con la perdida de la serenidad. Con el descontrol. Con el caos.
Tomás de Aquino es considerado el teólogo y filosofo más influyente de la Edad Media. Para él,emociones como la ira, no eran malas por símismas. Su valor moral dependía de si estabancorrectamente ordenadas. La ira podía ser legitima cuando impulsaba a enfrentar una injusticia.
“Cualquiera puede enfadarse; eso es fácil. Pero enfadarse con la persona correcta, en la medida correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto y de la manera correcta, eso no es fácil.” Afirmó el pensador en sus reflexiones.
No es fácil imaginar a Jesus de Nazareth solicitando amablemente a los mercaderes que modificaran su conducta comercial o queabandonaran voluntariamente el templo. La historia, según recuerdo, fue muy distinta.
El pasado 13 de junio, un lanzamiento de Trey Gibson, pitcher de los Orioles de Baltimore, envió al piso al bateador de San Diego, Manny Machado, para evitar ser golpeado en la cabeza. Minutos después, Gibson impactó un sinker de 93 mph en el casco de Xander Bogaerts, generando una escena tan dramática como peligrosa que encendió al mánager de San Diego, Craig Stammen.
Después, en la séptima entrada, el relevista de San Diego, Bradgley Rodriguez, acercó al cuerpo de Gunnar Henderson no una, sino dos rectas de 99 mph con clara intención de impacto. Mas tarde, en la novena entrada, Ron Marinaccio terminó por golpear a Henderson con una recta de 94 mph.
El jefe de umpires Chris Conroy expulsó inmediatamente a Marinaccio por considerar intencional el golpe, lo que ocasionó el reclamo del manejador de San Diego, quien fue también expulsado del juego.
Durante el reclamo de Stammen resultónotorio su esfuerzo por tener cubierta la boca con la palma de la mano. El gesto es habitual entre jugadores y entrenadores durante el juego, donde tiene sentido proteger información estratégica de las cámaras. Sin embargo, tratándose de unaprotesta apasionada en defensa de los suyos, el recato parecía fuera de lugar. Contradictorio. En discordancia con la naturaleza desbordada de una protesta. Restándole credibilidad.
Un día después, en el juego entre Yankees y Blue Jays en Toronto, el manejador de los Azulejos, John Schneider, fue expulsado en la novena entrada por reclamar un balk que el umpire principal, Steven Jaschinski, determinó tras una revirada del lanzador Jeff Hoffman a segunda base.
Schneider saltó al terreno a defender a su lanzador insistiendo en que el movimiento era legal y que la interpretación del umpire estaba equivocada. Nunca se tapó la boca. Sus argumentos subieron rápidamente de intensidad hasta convertirse en gritos y manoteos que terminaron siendo intimidantes, desbordados, iracundos.
Al final, el resultado fue el mismo, los dos manejadores fueron expulsados, pero, si hablamos de la autenticidad en la defensa de sus jugadores,la sensación que nos dejaron fue diferente.
Comparto la romántica idea de que cuando un mánager decide defender a su equipo, debe hacerlo de frente, sin filtros y sin esconder una sola palabra. El reclamo forma parte del espectáculo, pero también constituye una demostración publica del liderazgo. Un mensaje para el umpire, para sus jugadores y para la afición.
Entiendo que hoy cada movimiento es captado por decenas de cámaras capaces de analizarlo cuadro por cuadro y convertirlo en un fenómeno viral, por lo que taparse la boca puede ser una decisión práctica. Pero no tapársela es una declaración de principios.
Un reclamo, con las características establecidas por Tomás de Aquino, dirigido a la persona correcta, en la medida correcta, en el momento correcto y por el motivo correcto, puede volverse memorable.
Como ocurrió cuando Aaron Boone en abril de 2024, indignado por la zona de strike del umpire, salió a defender a sus jugadores con una frase que se volvió memorable: “Mis muchachos son unos verdaderos salvajes en la caja de bateo. Y tú estás haciendo un trabajo terrible. Me da pena por ti, pero tienes que hacerlo mejor. Mis muchachos son unos salvajes en la caja de bateo. Corrige esto ya.”
La verdad es que no entiendo porque taparse la boca, cuando lo que se busca es defender a los tuyos. Si la causa es justa y el momento correcto, quizá no haya razón para esconder las palabras. Algunas veces la ira bien dirigida también es inspiración.
La Pelota es Redonda
Pero viene en caja cuadrada
Luis Felipe Alvarez


