Opiniones

Una generación que estamos dejando fuera

4.5 millones de jóvenes ninis en México revelan una crisis de desigualdad, informalidad laboral y falta de oportunidades reales, ¿nos estamos haciendo a los ciegos con ellos o simplemente no hay nada que hacer?

Por Rodrigo Menéndez Gaber · 13/8/2026 14:06
Una generación que estamos dejando fuera

Durante los últimos años ha tomado fuerza una expresión para referirse a ciertos jóvenes: los ninis, aquellos que ni estudian ni trabajan.

Este jueves se dio a conocer que al menos 4.5 millones de mexicanos de entre 15 y 29 años se encuentran fuera tanto de la escuela comodel mercado laboral. La cifra representa alrededor del 14.3% de los jóvenes, 3.3% más que en el año 2000.

Y justamente al conocer estos datos me surgió una pregunta: ¿realmente cuatro millones y medio de jóvenes decidieron simultáneamente no hacer nada o simplemente tenemos un sistema que no está siendo capaz de integrarlos?

Porque la realidad es mucho más complicada de lo que parece. Un joven que no estudia ni trabaja no necesariamente es una persona floja. Puede estar buscando empleo, cuidando a un familiar enfermo, realizando labores domésticas o simplemente encontrarse en una situación económica que le impide continuar estudiando.

Y las posibilidades tampoco son iguales para todos.

Hannia Zeteno Cruz, de la Alianza Jóvenes con Trabajo Digno, señaló que el 95% de los jóvenes de entre 15 y 17 años pertenecientes a hogares de mayores ingresos continúa estudiando. En cambio, entre aquellos que viven en hogares de menores ingresos, solamente el 59% permanece en la escuela.

La diferencia es enorme.

Esto ya no nos habla solamente de ganas de estudiar o de trabajar. Nos habla de posibilidades, de desigualdad y, sobre todo, de las circunstancias en las que nace y crece cada joven.

Porque es muy sencillo decirle a alguien que debe estudiar cuando nunca ha tenido que escoger entre pagar una colegiatura o ayudar económicamente en su casa. Es muy fácil decir que alguien debería seguir preparándose cuando nosotros mismos partimos de condiciones completamente diferentes.

El otro gran problema aparece cuando estos jóvenes intentan incorporarse al mercado laboral.

México tiene empleo. De hecho, según el INEGI, la tasa de desempleo fue de apenas 2.9%. El problema comienza cuando analizamos qué tipo de empleos estamos ofreciendo.

En junio, alrededor del 55% de las personas ocupadas trabajaba en la informalidad. Al mismo tiempo, la proporción de personas trabajando bajo condiciones críticas de ocupación alcanzó 38.5%. Mientras tanto, el empleo formal registrado ante el IMSS creció apenas 1.5% durante los últimos doce meses.

Entonces tenemos una contradicción interesante: podemos presumir que existe poco desempleo, pero eso no necesariamente significa que existan suficientes buenos empleos.

Tener trabajo no siempre significa tener estabilidad. No siempre significa contar con prestaciones, seguridad social, posibilidades de crecimiento o un salario suficiente para construir un proyecto de vida.

Imaginemos ahora a un joven que acaba de terminar la preparatoria o la universidad. Le pedimos experiencia cuando apenas está entrando al mercado laboral, le ofrecemos salarios que difícilmente alcanzan para independizarse y, en muchos casos, jornadas extensas dentro de la informalidad.

Después nos preguntamos por qué no logra incorporarse.

Eso no significa que toda responsabilidad recaiga sobre el Estado, las empresas o las universidades. Evidentemente existirán jóvenes que simplemente no quieren estudiar ni trabajar y habrá decisiones personales detrás de muchos casos.

Pero convertir esa excepción en la explicación de millones de personas sería demasiado fácil.

La palabra nini tiene justamente ese problema: describe lo que una persona no está haciendo, pero no explica por qué no lo está haciendo.

Y quizá ahí está nuestra equivocación.

Los llamamos flojos antes de preguntarnos si tuvieron acceso a una universidad. Los criticamos por no trabajar antes de preguntarles cuántas solicitudes han enviado. Los señalamos por seguir viviendo con sus padres sin preguntarnos si el salario que podrían recibir realmente les permitiría independizarse.

No creo que cuatro millones y medio de jóvenes estén simplemente esperando sentados a que alguien les resuelva la vida.

Muchos probablemente están esperando algo mucho más sencillo: una oportunidad.

Una oportunidad para estudiar, para conseguir su primer empleo, para ganar experiencia, para obtener un salario digno o simplemente para tener una puerta por la cual comenzar.

Quizá el problema nunca fue que millones de jóvenes no quisieran formar parte del sistema. Quizá deberíamos preguntarnos cuántas oportunidades reales les estamos ofreciendo para entrar en él.

Porque antes de volver a llamarlos ninis, vale la pena hacernos una última pregunta: ¿Son ellos quienes le están fallando al país o somos nosotros quienes nos hacemos a los ciegos con ellos?

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