Columna: “Construyendo”, por: Raúl Asís Monforte González. 09de mayo de 2026.


En la diplomacia climática, los acuerdos suelen nacer muertos entre tecnicismos y vetos cruzados. Sin embargo, lo ocurrido hace unos días en la Primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles en Santa Marta, Colombia, rompió con ese guion de frustración. Copatrocinada por el Reino de los Países Bajos, esta cumbre reunió a cerca de 60 naciones, que juntas suman el 30% del PIB global,con un objetivo sin precedentes: trazar una hoja de ruta real para abandonar el petróleo, el gas y el carbón.
A diferencia de las conferencias de la ONU, donde el consenso absoluto otorga un poder de veto de facto a gigantes como Estados Unidos, China, India, Rusia o Arabia Saudita, en Santa Marta se respiró optimismo. Este grupo, autodenominado la “coalición de los dispuestos”, decidió no esperar a los rezagados para avanzar en acuerdos tangibles sobre financiamiento y diversificación económica. El mensaje es potente, si los grandes emisores se resisten por razones geopolíticas o económicas, el resto del mundo puede empezar a construir su propia resiliencia al margen de ellos.
La viabilidad de esta agenda, sin embargo, se enfrenta hoy a un viento en contra feroz: la crisis energética global detonada por la guerra en Irán y los conflictos en Oriente Medio. Con el precio del barril de petróleo disparado por encima de los cien dólares y el suministro de gas bajo amenaza, la tentación de regresar al carbón o acelerar la extracción fósil por “seguridad nacional” es enorme. Pero es precisamente en este caos donde reside la mayor oportunidad de la coalición de Santa Marta. La crisis actual nos recuerda que la dependencia de los combustibles fósiles es, en última instancia, una vulnerabilidad estratégica y económica que ya resulta insostenible.
Para México y América Latina, el impacto es directo. Mientras nuestra región sufre la inflación energética y la volatilidad de divisas por el conflicto iraní, países como Colombia y Brasil están demostrando en estos foros que la verdadera soberanía energética no vendrá de los hidrocarburos, sino de la integración de fuentes limpias. México tiene aquí una disyuntiva histórica, seguir apostando por una infraestructura fósil que nos deja a merced de los conflictos internacionales, o unirse a este bloque que busca acelerar la transición para blindar sus economías.
¿Qué se necesita para que los grandes opositores se unan? No será, se los aseguro, por un repentino sentido de responsabilidad social y justicia climática, sino por la fuerza implacable del mercado. Cuando el treinta por ciento de la economía global establezca estándares, aranceles verdes y sistemas financieros que castiguen la huella de carbono, los gigantes emisores se verán obligados a recalcular su ruta. Santa Marta no fue solo una reunión más; fue la semilla de una nueva arquitectura económica global. La esperanza real existe porque, por primera vez, el abandono de los combustibles fósiles ha dejado de ser un tabú diplomático para convertirse en un plan de acción concreto.
Estamos construyendo, finalmente, un mundo que no depende de lo que extraemos, sino de lo que somos capaces de innovar.
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Mérida, Yucatán a 09 de mayo de 2026
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