Por: Cristina Padín.
No sería aquel sábado el último de su vida.. iría a la corrida de toros, qué bonito es el toreo y qué hermoso es febrero, iría y al salir, porque le gusta mucho y porque ya enfriaba la temperatura, se tomaría junto a los de siempre una copa de vino. Tinto, en aquella ocasión. Y regresaría a Madrid en un autobús, era un tipo viajero y con gran facilidad para moverse, y comentarían de esto y de aquello, cosas típicas de conversación, y se citarían para mayo, para aplaudir a Talavante, y para pasear por Las Ventas y por el Retiro…
..él iría a su Galicia del alma en junio, dijo, a beber vino blanco y disfrutar los divinos paisajes..
No haría ninguna cosa de esas, tristemente. Nadie lo sabía, pero el domingo sería el último día de su vida en la tierra. Y el martes ya estaría enterrado. Pasarían los autobuses, florecerían los árboles, carteles taurinos aparecerían aquí y allí, y botellas de vino (blanco y tinto) se servirían en bares y terrazas. Llegaría mayo, el de los romances y las sandalias, y después junio, el de la luz y el verano y todo lo que puro, el de san Juan. Ya no estaría él, le quedaban horas de vida cuando llegó a su casa. De la vida: ese tesoro tan bello que merece una oda y mil sonetos..
A Ramón
Y a Ramón
A mi familia
A mi querido Luis
A la vida
A las cosas bellas de la vida
A febrero, mayo y junio


