Por: Fernando Belaunzarán.
Lo que fue desplante errático se convirtió en profecía
autocumplida. En un spot del 2016, Andrés Manuel López Obrador anunciaba la
inminencia de una “rebelión en la granja”, haciendo referencia a la conocida
obra de George Orwell. Si la hubiera leído sabría que se estaba dando un balazo
en el pie, pues se trata de una sátira de la revolución rusa y su
descomposición estalinista. Los cerdos que toman el poder, derrocando al
granjero, acabaron convirtiéndose en todo lo que antes combatían, reproduciendo
aquello que los agraviaba y les parecía inadmisible. Cualquier semejanza con lo
que acontece en el país no es mera coincidencia, hay intención manifiesta.
Regresó el presidencialismo autoritario con
esteroides, por llamarle de alguna manera al agravante militarista. La lucha
por la democracia en México se puede ver como el esfuerzo por acotar la
discrecionalidad del titular del Ejecutivo y anular sus facultades
metaconstitucionales, entre ellas la de designar a su sucesor y palomear a los
aspirantes de su partido que competían con cartas marcadas en comicios
organizados por el gobierno, que es lo que se está dirimiendo con la
contrarreforma electoral que la mayoría oficialista insiste en aprobar.
No sólo es la vuelta al país de un solo hombre en el
que los poderes se someten a la voluntad presidencial, también regresaron las
prácticas del viejo régimen que, si bien nunca se fueron del todo, ahora son
reivindicadas desde el poder que las aplica con jactancia y desenfado. Otra vez
hay tapados, aunque les llamen corcholatas, y nadie se engaña acerca de quién
destapará por dedazo a la elegida, alrededor de la cual ya se agrupa la
cargada. Los continuos desplegados de los gobernadores de Morena para respaldar
al Presidente recuerdan igualmente al México que muchos llegamos a pensar se
había quedado en el siglo XX.
El acarreo ha sido redimido desde el púlpito
presidencial. Ya no se trata del lucro mezquino de la pobreza, sino de hacer
realidad la posibilidad única que tienen los pobres de ir al Zócalo de la
Ciudad de México para agradecerle lo mucho que le deben, aunque ahora estén
peor que cuando asumió el cargo. Bueno, hay hasta quien ve en “la torta y el
Frutsi” que les dan un acto de encomiable generosidad, cuyo cuestionamiento
exhibe clasismo. Es el mundo al revés, como si quienes atentaran contra la
dignidad de las personas no fueran los que se aprovechan de sus necesidades
para usarlos como escenografía en eventos políticos.
El corporativismo también volvió por sus fueros. No
faltaron sindicatos blancos que se sumaran a la contramarcha convocada por el
mandatario, ni líderes charros que hicieran notoria su presencia, tal y como
sucedía en los tiempos de Fidel Velázquez, ni tampoco líderes empresariales que
tuvieron un lugar privilegiado junto al templete.
Si algo quedó en evidencia con la ingente movilización
oficial es que está de regreso el partido de Estado, cuyas fronteras con sus
gobiernos son indistinguibles. Echaron toda la carne al asador con cargo al
erario sin otro fin que el culto a la personalidad del Presidente, que se
sintió agraviado porque los ciudadanos tomaron las calles para rechazar su
pretensión de controlar los procesos electorales desde el gobierno, tal y como
acontecía cuando se le cayó el sistema a Manuel Bartlett en 1988.
Aunque suelen descalificar a los medios para
victimizarse, la contramarcha tuvo trato de cadena nacional, recordando los
tiempos del Día del Presidente, sin ser siquiera la fecha del informe oficial
que se da en septiembre. Vimos a funcionarios públicos pegar propaganda
personalizada ilegal, prohibida por el 134 de la Constitución. Está claro: ni
la ley ni los jueces que llama a desobedecer son diques de la voluntad
presidencial.
Sin duda, hubo mucha gente entusiasmada, pero la
generación y movilización de clientelas es lo que López Obrador ha llevado a
otro nivel. La coacción ejercida con el pase de lista no es accidental, es el
esquema que usan para llevarlos a las casillas en las elecciones. Sólo la
participación ciudadana masiva podría contrarrestarla y eso es lo que vimos en
la Marcha Rosa del 13 de noviembre. Por eso hay esperanza de revertir la
restauración.


