Por: Cristina Padín.
Eran las abuelas de las tías o las tías de las abuelas, las primas de las vecinas de más edad, eran las que se sentaban a la fresca en el verano, eran parte de un paisaje de pared blanca y macetas rojas y azules, eran de rostros arrugados y miradas dulces, eran el mejor regalo de Reyes y la primera tarde hermosa de febrero, eran las que siempre ofrecían y nunca pedían..
Eran ellas. Algunas viejas..
En Galicia vellas.. eran las mejores. Las que eran pura verdad. Las que, a veces, no sabían leer ni escribir, porque no habían podido aprender, pero eran la sabiduría. Eran las que conocían remedios, las que trabajaban firmes y fuertes desde el amanecer, las que contaban las historias. Las que sabían los refranes, los cuentos de miedo, las canciones de cada fiesta..
Eran las guardianas de un tesoro..
Ahora voy desde Andalucía a Galicia, cada verano, y no están. La muerte, a la que jamás temieron, vino a buscarlas… y se fueron con ella. Sin quejarse, porque nunca se quejaron. Las imagino en el cielo, con sus manos frágiles, narrando historias.. y, cuando agosto se apaga y regreso al toreo de Sevilla y a mi vida, llevo en la piel el eco de una joya milenaria..
Los cuentos de las vellas..
El sábado en el teatro disfruté una obra que trataba este tema
A cada “vella” contando historias
A mi amiga Ana, somos nietas de nietas de vellas gallegas, un lujo
A mi querido Luis
A mi Sevilla y mis sevillanos
Al toreo
A los cuentos y leyendas de tradición oral, un tesoro que hay que proteger: es lo que somos


