Pese al anuncio de cierre temporal, la zona arqueológica de Chichén Itzá sí abrió sus puertas este martes 19 de mayo, aunque en condiciones inusuales: sin cobro de entrada, con el estacionamiento cerrado, accesos bloqueados y en medio de una protesta encabezada por familias de Pisté.
El cierre había sido informado desde temprana hora a través de un mensaje enviado a agencias turísticas, en el que se señalaba que, por motivos de mantenimiento, la Zona Arqueológica de Chichén Itzá, el Centro de Atención a Visitantes, conocido como CATVI, y el Gran Museo permanecerían cerrados durante el día. En el mismo aviso se invitaba a los visitantes a acudir a otros sitios arqueológicos como Ek Balam, Tulum, Cobá, El Rey, El Meco y San Miguelito.
Sin embargo, un equipo de La Revista Peninsular acudió al lugar y pudo confirmar que la zona arqueológica sí recibió visitantes, aunque no bajo la operación habitual. El estacionamiento se encontraba cerrado, al igual que restaurantes, tiendas de souvenirs, cajas de cobro y taquillas. Además, algunas calles de acceso fueron bloqueadas con troncos, mientras grupos de personas permanecían al borde de la carretera de entrada, algunos incluso bajo toldos.
La imagen era poco común: un sitio anunciado como cerrado, con su infraestructura turística detenida, pero con visitantes ingresando sin pagar por decisión de integrantes de la comunidad y trabajadores inconformes.



El conflicto no surgió de un día para otro. El nuevo Centro de Atención a Visitantes de Chichén Itzá ya había iniciado operaciones desde el pasado 27 de marzo, como parte de la reorganización turística de la zona. No obstante, la inconformidad de habitantes, artesanos, guías, taxistas, restauranteros y trabajadores de Pisté se mantuvo latente debido a la posible reubicación de actividades comerciales y turísticas hacia este nuevo complejo.
Para la comunidad, el problema no es únicamente la modernización del acceso, sino el posible desplazamiento del parador turístico tradicional, un espacio que, de acuerdo con los propios habitantes, ha funcionado durante más de 48 años y del que dependen económicamente cientos de familias.
En entrevista con La Revista Peninsular, Andrés Lara, un guía del parque, explicó que la protesta busca mantener abierto el parador turístico tradicional de Chichén Itzá. Señaló que la comunidad no está en contra del CATVI, sino de que este nuevo centro sustituya por completo al acceso que históricamente ha sostenido la dinámica económica del sitio.
“Lo que se trata de hacer hoy en día es un paro laboral para que se mantenga abierto el parador turístico que siempre ha funcionado en Chichén Itzá por más de 48 años, porque el CATVI realmente no beneficia a la mayoría de la comunidad”, declaró.
De acuerdo con su testimonio, la operación actual del parador permite una distribución económica más amplia entre distintos sectores de Pisté. Ahí conviven taquillas, taxistas, restaurantes, artesanos y guías, cada uno con un espacio y una dinámica ya establecida. Para los inconformes, trasladar toda la operación al CATVI concentraría la actividad en un solo punto y reduciría la derrama económica que actualmente se reparte entre varias familias.
“Todos estaríamos en un solo lugar y la derrama económica no va a ser al cien por ciento como estamos acostumbrados. Aquí hay una distribución, cada quien tiene su lugar, cada quien respeta su espacio, cada quien conoce sus horarios”, explicó.
El entrevistado también señaló que aunque no están en contra del CATVI, este tiene sus complicaciones logísticas y como consecuencia la gente de Pisté tiene una propuesta.
“El CATVI quedó lejano a la zona arqueológica, casi un kilómetro más o menos. Entonces es complicado para un turista con discapacidad, una persona mayor de 60 años o menores de 12 años”, comentó.
“La idea es que se mantengan abiertos los dos paradores. No estamos en contra del CATVI. Lo que se pretende es que se mantenga abierto el parador turístico normal y que también trabaje en conjunto con el CATVI, para que Chichén Itzá tenga dos accesos y la gente sea libre de decidir por dónde ingresar”, agregó.





La tensión escaló esta semana luego de que se reportara la colocación de rejas en el antiguo parador turístico, hecho que fue interpretado por los inconformes como un avance definitivo hacia la reubicación. A partir de ese momento, el desacuerdo pasó a una protesta más abierta, con habitantes y trabajadores impidiendo los trabajos en el parador, bloqueando accesos y manteniendo presencia en la carretera de entrada.
Durante el recorrido, La Revista Peninsular pudo constatar que el ambiente en Chichén Itzá era muy distinto al de un día normal. El anuncio de cierre redujo considerablemente la afluencia de visitantes, dejando una imagen poco común de uno de los sitios turísticos más importantes de México: abierto, pero casi vacío; accesible, pero bajo protesta; con comercios cerrados, taquillas sin operar y caminos bloqueados.
Al intentar realizar los pagos correspondientes, trabajadores del lugar respondieron: “No se preocupen, pasen, si nosotros no nos llevamos el dinero, el gobierno tampoco”. La frase resume parte del enojo de la comunidad, que acusa que las decisiones sobre el futuro del acceso turístico se están tomando sin considerar de manera suficiente a quienes dependen directamente de esa actividad.
De acuerdo con testimonios recabados en el lugar, algunos trabajadores señalaron que el anuncio del cierre habría buscado evitar que turistas acudieran al sitio y entraran de manera gratuita. Esta versión forma parte del sentir de los inconformes, quienes aseguran que la comunidad decidió abrir el acceso como una forma de presión ante la falta de acuerdos.
El episodio marca un quiebre en el diálogo entre las autoridades y una comunidad que vive directamente del turismo. También abre una discusión más profunda sobre cómo modernizar la infraestructura de un sitio patrimonial sin afectar a quienes han construido su economía alrededor de él.
Chichén Itzá no solo es una zona arqueológica ni un atractivo turístico. Para miles de familias de Pisté, representa trabajo, sustento e identidad. Por eso, lo ocurrido este martes deja varias preguntas abiertas: ¿cómo mejorar la infraestructura sin desplazar la economía local?, ¿qué tanto debe participar una comunidad en las decisiones que afectan su territorio?, ¿y qué significa que uno de los sitios culturales más importantes del país haya sido cerrado por la autoridad, pero abierto por sus propios trabajadores?
Chichén Itzá cerró en el aviso, pero en los hechos, Pisté lo abrió.


