Gerry: la bondad que sigue dando frutos
Su legado de generosidad y fe inspira a acompañar a quienes sufren y a convertir el recuerdo en actos de bondad
Hay personas a las que recordamos por lo que consiguieron y otras por lo que nos hicieron sentir. Gerry Abraham Goff pertenece a esas personas cuya presencia podía darle ánimo a alguien más. Al recordarlo este 4 de noviembre, quiero pensar en su vida, en el cariño que compartió y en esa disposición suya para tender la mano, incluso cuando él mismo necesitaba sostenerse.
Volver a su testimonio permite encontrarse con un hombre agradecido. Alguien que reconocía el amor de su esposa, Maricarmen; de sus hijos, de sus padres y de sus hermanos. Alguien que encontraba en su familia razones para seguir adelante y que tenía la generosidad de reconocer también a quienes, muchas veces sin conocerlo, lo acompañaban con una oración.
En Gerry había una preocupación que merece permanecer entre nosotros: la de hacer algo por los demás. Hablaba de visitar a los enfermos, de acompañarlos, de ayudar económicamente cuando fuera posible y de comprender que una persona que sufre necesita cercanía. Su propia experiencia lo había vuelto especialmente sensible al dolor ajeno.
Cuánta falta nos hace esa sensibilidad.
Vivimos ocupados, aplazando llamadas, visitas y encuentros. Nos acostumbramos a decir que después tendremos tiempo. Gerry invitaba a involucrarnos, a descubrir que siempre podemos ofrecer algo: atención, compañía, una ayuda concreta. Su manera de entender la fe tenía esa dimensión profundamente humana de hacerse presente en la vida de otro.
Por eso vale la pena recordarlo desde la bondad que repartió. Desde su disposición para escuchar y compartir su historia. Desde la alegría que quienes lo trataron reconocían en él. Hay una generosidad especial en quien abre su intimidad para que alguien más encuentre fuerzas, para que otra familia se sienta acompañada o para que una persona vuelva a mirar con gratitud lo que tiene.
También conmueve la manera en que hablaba de su papá, Carlos. En sus palabras estaba el reconocimiento de un hijo que se sabía acompañado y querido. Ese vínculo forma parte de su historia tanto como el hogar que construyó con Maricarmen y el amor por sus hijos. Ahí estuvo buena parte de su felicidad: en pertenecer a una familia y compartir la vida con ella.
Hoy quisiera que su nombre nos llevara hacia todo eso. Hacia los momentos felices, los afectos, la conversación y las oportunidades de hacer el bien. Que recordarlo despierte una sonrisa, aun cuando venga acompañada de nostalgia.
Quizá una manera hermosa de honrar a Gerry sea acercarnos a alguien que esté pasando un momento difícil. Hacer esa llamada pendiente. Escuchar con paciencia. Dar las gracias. Convertir el cariño que sentimos al recordarlo en un gesto que le haga bien a otra persona.
La bondad tiene esa capacidad de seguir dando frutos mucho después de haber sido sembrada.
Y Gerry sembró mucho.