Junio 25, 2026
Opinion
Eduardo Menéndez Gaber
Durante años, la Selección Mexicana cargó con una frase que parecía más sentencia que diagnóstico: no alcanza, no puede, no llega. Cada Mundial encendía la misma esperanza y, casi siempre, terminaba en el mismo golpe de realidad. Sin embargo, esta vez algo está cambiando. México no sólo avanzó como líder de su grupo en la primera ronda del Mundial 2026, sino que lo hizo con autoridad: ganó sus tres partidos y no permitió un solo gol en contra.El Tri firmó una fase de grupos perfecta, y esta actuación nos obliga a mirar hacia atrás para entender el peso del momento. La historia mundialista de México ha sido larga, intensa y muchas veces dolorosa. Desde su debut en Uruguay 1930, pasando por las Copas del Mundo organizadas en casa en 1970 y 1986, la Selección ha vivido entre la ilusión colectiva y la barrera que durante décadas se convirtió en obsesión: el famoso quinto partido.En 1970, México alcanzó por primera vez los cuartos de final, empujado por su gente y por la fuerza de jugar en casa. En 1986 volvió a hacerlo, en un torneo que quedó marcado para siempre por la pasión en las tribunas, por el color del país y por la sensación de que el fútbol podía detenerlo todo. Desde entonces, la historia fue distinta: buenas generaciones, partidos memorables, actuaciones dignas, pero también eliminaciones que dejaron heridas abiertas. Estados Unidos 94, Francia 98, Corea-Japón 2002, Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014 y Rusia 2018 alimentaron una costumbre amarga: competir, emocionar y caer antes de romper la frontera que separa a México de la élite definitiva.Por eso este arranque mundialista pesa tanto. No es solo haber ganado tres veces. Es la forma en la que se ganó. México ganó, convenció a la afición, defendió parejo y encontró la energía que le hacía falta. La portería se queda en cero mostrando la concentración, dedicación y carácter que pocas veces se le ha reconocido a la Selección en una Copa del Mundo. México se ha acostumbrado a sufrir cada balón dividido, cada centro al área y cada minuto final, terminar una fase de grupos sin recibir gol se siente como un mundial completo ya.En medio de la pasión nuestro capitán regresa, Ochoa, es uno de los nombres más importantes del fútbol mexicano. Su historia con la Selección es, en muchos sentidos, la historia reciente del Tri en los Mundiales: la espera, la crítica, la gloria repentina, las atajadas imposibles y la permanencia contra todo pronóstico. Ochoa fue figura en Brasil 2014, volvió a responder en Rusia 2018 y mantuvo vivo su legado durante años en los que la portería mexicana tuvo rostro, nombre y apellido.Su presencia en seis Copas del Mundo lo coloca en un lugar reservado para muy pocos. Su carrera simboliza una época completa. Memo fue el arquero de los gritos ahogados, de las atajadas que parecían goles cantados y de la resistencia mexicana ante potencias mundiales. Verlo cerrar este ciclo en casa, con el público reconociendo su trayectoria, fue una postal cargada de nostalgia. Pero el fútbol en México nunca se queda dentro de la cancha. Cada victoria de la Selección se convierte en una fiesta a nivel nacional. Las calles se llenan de camisetas verdes, banderas, bocinas, cláxones, familias completas, jóvenes subidos en camionetas, niños pintados de cara y desconocidos abrazándose como grandes amigos. En los Mundiales, México se une de una forma particular: se detienen trabajos, se llenan restaurantes, se improvisan pantallas, se grita cada gol como si fuera una revancha personal y colectiva.La pasión mexicana por el fútbol se sabe que es profundamente popular. No pertenece a una sola ciudad, ni a una sola clase social, ni a una sola generación. Se vive en la capital, en los estados, en las plazas, en los mercados, en las casas, en los bares y hasta en quienes dicen que no creen en la Selección, pero terminan viendo el partido con el corazón acelerado. México podrá discutir de política, de economía o de cualquier otro tema, pero cuando juega el Tri, el país parece hablar un mismo idioma.Esa pasión, sin embargo, también exige responsabilidad. Las celebraciones posteriores al triunfo ante Chequia dejaron momentos de alegría en todo el país, pero también un episodio lamentable en Cabo San Lucas, donde al menos 17 personas resultaron heridas tras un atropellamiento múltiple durante los festejos. Lo que debía ser una noche de fiesta terminó con angustia y dolor. Hay que recordar que festejar también implica cuidarnos.La emoción es legítima, poderosa y comprensible, pero debe vivirse sin violencia, sin imprudencia y sin poner en peligro a quienes salen a compartir la misma alegría. México celebra fuerte porque siente fuerte. Su gente canta, salta, llora y abraza porque el futbol toca fibras profundas de identidad, orgullo y pertenencia. Pero esa misma pasión debe estar acompañada de conciencia.Hoy, el país vuelve a creer. Y no se trata de caer en triunfalismos vacíos ni de olvidar las lecciones de otros Mundiales. México sabe mejor que nadie que las fases finales son otra historia. Sabe que la presión crece, que los errores pesan más y que los sueños pueden romperse en una sola jugada. Pero también sabe que hay momentos en los que vale la pena ilusionarse.Porque esta vez el Tri nos grita y llama a todos, llama a México a celebrar esta fiesta que es el mundial. México es fuerte, es nuestra sangre, libertad, poder, familia, cultura, raices, Mexico esta mas fuerte que nunca, somos Mexicanos y no nos hacemos chicos, vamos junto al ruido, somos los que primero entran a la batalla, Los Mexicanos somos poderosos, escuchamos este llamado a salir a las calles a celebrar y cantar nuestro himno nacional, a mostrarnos y dar todo nuestro apoyo a esta selección que desde el inicio a destruido el campo y a todos sus contrincantes, recuerden que vamos a la cabeza, recuerden que todo lo que sigue es en casa. México llegó ganando. Llegó con tres victorias. Llegó sin recibir gol. Llegó con una nueva generación lista para escribir su propio capítulo y con un símbolo como Ochoa despidiéndose en medio de una ovación. Llegó, sobre todo, con un país entero detrás, empujando como solo México sabe hacerlo.Todos decían que no. Que otra vez sería lo mismo. Que la historia volvería a pesar. Que el sueño terminaría donde siempre.Pero México ganó su grupo, cerró la primera ronda perfecto y volvió a encender una pregunta que hoy recorre calles, estadios, casas, anuncios y corazones:¿Y si sí?


