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Contraste

Fernando Belaunzarán Méndez
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Por: Fernando Belaunzarán.

Hay de manifestaciones a manifestaciones. No es lo
mismo convocarlas desde la sociedad que desde el poder, pero ésa no es la única
ni la más importante diferencia entre los dos eventos que, con tres semanas de
distancia, colmaron el Zócalo de la CDMX. Con ello no minimizo la enorme
distancia existente entre el carácter, las formas y los recursos utilizados,
hablaremos también de ello, sólo que el contraste más significativo está en el
mensaje.

El presidente López Obrador tiró la casa por la
ventana para responder a la marea rosa que desbordó las calles el 13 de
noviembre y las plazas el 26 de febrero. Igual que como aconteció el primero de
diciembre, recurrieron a flotillas de camiones de todos los estados y
movilizaron a miles de beneficiarios de programas sociales. Traerlos no fue
barato, tampoco alimentarlos ni sufragarles la estancia. Legisladores
oficialistas anunciaron colecta para sufragar los gastos, pero no mostraron transferencias
ni facturas. Los medios públicos y algunos privados transmitieron el mitin en
vivo. El Estado al servicio del culto a la personalidad del gobernante.

En el caso de los ciudadanos que se dieron cita para
defender al INE y repudiar el plan B, la movilización fue espontánea y llegaron
por sus propios medios. Como acudieron de manera libre y por convicción, se
quedaron hasta el final, a diferencia del acto oficial en que el éxodo masivo
comenzó cuando todavía hablaba el Presidente. Si en el primero llamó la
atención el colorido rosa y blanco en las panorámicas, en el segundo se dejaron
ver las mantas y banderas del sindicalismo oficial, tal y como ocurría en las
congregaciones gobiernistas del viejo régimen.

Pero el mayor distintivo de la convocatoria ciudadana
es el de un movimiento nacional en ascenso. La marcha se replicó en 63 ciudades
y la manifestación en 121, algunas en el extranjero. Mientras el gobierno
federal utilizó a gobiernos estatales y municipales de su partido para el
acarreo hacia la capital, los ciudadanos se organizaron para realizar
concentraciones insólitas en sus localidades.

Algo ocurre en la sociedad, infinidad de personas a lo
largo y ancho del país han tomado consciencia del peligro que corre el derecho
conquistado de elegir a sus gobernantes en elecciones limpias y no quiere
renunciar a él. Esa creciente oposición social al intento de controlar los
comicios desde el gobierno parece explicar el discurso beligerante del
mandatario, que teme se exprese en las urnas el próximo año.

En las plazas rosas se dio un mensaje de inclusión, en
el entendido que la democracia permite la convivencia armónica de la
pluralidad. El grito de “todos somos pueblo” expresó el sentimiento de que en
México cabemos unos y otros, que el respeto a la ley, el cumplimiento de la
Constitución y contar con un sistema electoral autónomo y confiable establecen
el marco para procesar las discrepancias, reconociendo la legitimidad del
pensar distinto. En cambio, López Obrador pronunció un discurso explícitamente
faccioso, hablando como líder de un grupo político que se plantea permanecer en
el poder sin hacer concesiones a opositores y críticos.

Por eso le enmendó la plana a Lázaro Cárdenas. Hizo un
paralelismo forzado y sin sustento de la actual situación con la sucesión de
1940, cuestionando la decisión de optar por el moderado Manuel Ávila Camacho
sobre su compañero y amigo, afín ideológicamente, Francisco José Múgica.
Aseguró que eso no evitó el conflicto electoral y, por lo mismo, alecciona a
sus corcholatas que ahora no debe haber zigzags y advierte a la oposición que,
“hagan lo que hagan”, no ganarán la presidencia. Siguiendo su analogía, Gonzalo
N. Santos recuerda en sus memorias cómo, a punta de pistola, hicieron el fraude
para evitar el triunfo de Andreu Almazán.

En el terreno de los simbólico también fueron eventos
antípodas. Los ciudadanos llevaron flores a la SCJN como respaldo a la división
de poderes, expresando confianza en la decisión libre de los ministros. En
cambio, en el mitin oficial quemaron la efigie de la ministra Norma Piña,
consecuencia de una execrable campaña de calumnias para doblegarla. Si no
queremos que la violencia escale, el odio esparcido desde Palacio debe parar.

Fernando Belaunzarán Méndez
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