Por: Cristina Padín.
El Guardián de la Buena Educación era muy sabio. Le gustaba vivir bien. Vivir bien no era presumir, era saborear, y sentir el tiempo. Adoraba una copa de vino, un lance taurino, un libro con párrafos buenos, un beso en la boca, un verso en la noche.. Era como un hobbit, un vividor de esencias.
Era alguien con educación, cultura y clase.
Su trabajo consistía en agradecer y en corregir. Agradecía a aquellas personas que, precisamente, eran agradecidas. Las que sabían decir gracias; las que poseían modales para felicitar o dar una enhorabuena; las que conocían las palabras por favor y perdón; ofrecían un pésame..
Corregía a las que no hacían esas cosas. Tan básicas en una convivencia. Corregía esas faltas graves y carentes de cultura con mucho rigor. Seguía la norma de su anciano abuelo, un marinero. Siempre decía: “dentro de cien años las olas del mar seguirán besando las playas y a ti no te recordará nadie por tu mala educación..”
El Guardián de la Buena Educación sabía que nadie hay tan importante que no tenga un segundo para poder decir hola, lo siento, gracias, enhorabuena… Es simple cuestión de estar o no en la ignorancia..
Quería escribir un cuento de modales y de cosas bellas
A abril: amo este mes
A La Terraza del Mar: un lujo de restaurante, gracias siempre
A los marineros
A los guardianes de la buena educación
A mi amiga María: feliz cumpleaños
A mi querido Luis
A los que hacen las cosas bien hechas
A Carlos
A las personas valientes
A I y A, personajes nuevos de mi nueva novela
A la cultura


